Segunda Fase

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(segundo mes)

En la segunda etapa del viaje espiritual, el individuo empieza a mostrar más iniciativa en búsqueda de oportunidades para el crecimiento personal. Gradualmente se va haciendo cargo de si mismo para practicar lo que aprendió previamente aunque este aprendizaje haya sido mínimo. Está a la expectativa de participar en diferentes procesos del grupo, compartir o hablar de su pasado y trabajar en aspectos tormentosos de su vida. Sin embargo, debe continuar contribuyendo en los aspectos de la vida cotidiana de la clínica y demostrar sus habilidades para asumir mayores responsabilidades.

En esta etapa, el adicto se adapta a las rutinas de la clínica. El ambiente seguro y protegido libre del efecto “despeñadero” propio del estilo de vida de adicto activo, provee el ambiente para que se encuentre consigo mismo y con su pasado.

Con frecuencia este es un momento emocionalmente doloroso para el adicto cuando ha tenido que enfrentar cara a cara con el dolor y la culpa que siempre rechazó encarar. Ya no puede escapar. Con la fuerza de más de 30 o 40 rostros usando la misma máscara, (todos los adictos usan alguna) sus compañeros en la clínica no le permiten escapar de sí mismo, aunque permanezca en silencio. La alternativa es luchar o rendirse.

Para los que escogen la ruta de la humildad y se rinden al poder de la enfermedad, descubren el valor escondido en la capacidad de pedir ayuda (dejarse ayudar). El reconocimiento de la monstruosidad de la adicción permite explotar aquella parte saludable de si mismo que ha ayudado a la especie humana a superar toda adversidad.

Cuando el adicto se rasga la falsa armadura que le protege del dolor y que le ha servido como pantalla para esconder quién realmente es , recupera un sentido de control sobre su vida. El adicto descubre una fuente de poder interior y se da cuenta que puede ejercer algún control sobre sus sentimientos y la dirección de su vida aunque sea a un nivel mínimo.

Su pequeño triunfo sobre el terror de su insignificancia (sentirse mamarracho), sus sentimientos de inadecuación frente al poder abrumador del destino (ser drogadicto), de la incertidumbre del futuro, de lo que sus seres queridos y la sociedad esperan de él, le impulsan a reconstruir su caída autoestima. El está recobrando un sentido más definido de su yo que es necesario para continuar el viaje a la recuperación.

El adicto se da cuenta que no está totalmente indefenso y a través de aprovechar el poder de apoyo de sus compañeros, puede al fin superar los obstáculos personales. Al final de esta etapa el entiende que “ solo el puede hacerlo, pero no podrá hacerlo solo”.

 




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